El engaño del malestar

Por Laura Marajofsky

Desde las páginas de uno de los últimos números de la revista New York Times asoma un titular tan controversial como representativo de estos tiempos: “Las ventajas de la depresión”. La nota analiza este padecimiento y arriesga una hipótesis en la que se postulan las supuestas “ventajas” de padecer esta condición. De esta manera se observa el desconcierto generalizado que este tipo de fenómenos produce en la cultura, así como también la encrucijada en la que parecieran encontrarse las ciencias de la salud al no poder lidiar con el problema.

La idea de que la depresión pueda tener beneficios no es algo nuevo. En los últimos años y conforme las estadísticas fueron empeorando, una batería de especialistas se ha dedicado con ahínco a investigar la función evolutiva de este mal tan ubicuo. Lo más reciente en esta línea de reivindicaciones son los estudios realizados por los científicos Andrews y Thomson de la Universidad de Virginia, quienes sostienen que el proceso de “rumiación” (el hábito de pensar continuamente en algo), una de las principales características de este trastorno, resulta clave para procesar y resolver los propios conflictos. Yendo contra las corrientes que proponen justamente lo opuesto, que la ruminación es un gasto de energía mental que sólo acarrea pesimismo, Andrews y Thomson postulan que una disposición lúgubre podría ser de gran utilidad para el individuo ya que le permite focalizarse en sus problemas (“Se ve a la depresión como una forma de reforzar nuestras débiles capacidades analíticas, haciendo que podamos prestar continua atención a un dilema complejo”).

Si bien las reflexiones que le siguen al abatimiento pueden devenir en algo útil, es un tanto desafortunado apostar a la tristeza como aliciente para la generación de un cambio, en particular si se tiene en cuenta que no toda depresión impulsa pensamientos capitalizables, y que en general estos cuadros suelen dejar pocos recursos vitales disponibles a la persona. Tampoco debería subestimarse el impacto que este estado de ánimo tiene sobre las elecciones que se toman.

¿Qué tipo de conexión existe entre esta apología del pesar y la imposibilidad de movilizar recursos para sentirse mejor? Acaso este amigarse con el malestar implique una estrategia para sobrellevar el día a día. Resulta ineludible preguntarse algunas de estas cosas, en especial notando la propensión a mover la vara de lo que se entiende como aceptable hacia terrenos cada vez más sombríos. Cuando lo que se elabora y comunica, ya sea en un trabajo científico o en los medios, es que lo normal es estar deprimido, falto de energía y desmotivado, es esperable no sólo que no se pongan sobre la mesa las causas subyacentes de la insatisfacción, sino que asimismo se tienda a relativizar el descontento experimentado cotidianamente.

Vale la pena también examinar aquellos discursos que queriendo desmarcarse de tendencias actuales muy contraproducentes como el uso excesivo de medicamentos, criticando la facilidad con la que se dispensan fármacos o se rotula de depresiva a la gente, terminan considerando a ciertas condiciones como un derivado de la vida moderna. Otra postura que se alinea con este espíritu de simplificación es la que afirma que la tristeza es algo natural en el ser humano, por lo que se debería dejar de medicarla y aceptarla.

Sin embargo, llama la atención que el énfasis siempre esté puesto en la capacidad de adaptación a dinámicas nocivas, antes que en el poder transformador (de sí mismo y de sus circunstancias) que el hombre posee. Así sobreviene un movimiento de validación y preservación de los propios modelos de vida, en el que se pretende justificar el motivo por el cual este estado es, además, productivo. Algo así como poder encontrarle el gusto a un plato que a todas luces no es para nada sabroso.

Pero existe todavía un giro más en todo este asunto. La concepción de que un poco de angustia no viene nada mal (“Los efectos de la depresión hacen pensar mejor a la gente”), o de que el sufrimiento es casi un “side-effect” tolerable del acto de razonar (“La sabiduría no es barata, y pagamos por ella con dolor”), despierta cierta suspicacia en cuanto al modo en que se entiende el proceso analítico. Es posible que el engaño aquí, resida en promover la sensación de que pensar y analizar la realidad es un acto que acarrea una alta cuota de aflicción, y no una llave que permite vincularse con el mundo de manera sana, comprometida, y sobre todo, genuinamente alegre.

Quizás éste sea un movimiento de preservación ya no del individuo, sino de la propia cultura hegemónica, intentando resguardarse de una reflexión crítica que la acecha insistentemente y que está punto de saltarle encima…

 

 

Riorevuelto
1 Comment
  • Mer
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    22/03/2010 16:24

    Hola a todos!

    Salió una nota en Guardian que es interesante de leer después de esta editorial de Lau.

    http://www.guardian.co.uk/lifeandsty

    A pesar de ser una cobertura escueta, está bueno el hincapié que hace el autor sobre los modos en los que la salud mental y la cultura de autoayuda (entre otros) elaboran y reproducen estereotipos de aflicciones que pretenden remediar.

    Tener como punto de partida un replanteo sobre las nociones mismas de las “patologías” psicológico-sociales puede ser un buen preámbulo para un análisis cultural y reconstructivo en lugar de dar por sentados objetivos y malestares.

    “We are surrounded by therapies and diets and self-improvement programmes, all of which promise to fix us,” (…). “What we don’t realise is the way all of them tacitly reinforce our assumption that we are broken and need fixing. What if… we really deeply challenged that assumption once and for all?” Perhaps the problem, sometimes, is the notion that there’s a problem.”

    12 de March de 2018 at 5:22 pm

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