Muchos cómplices para un crimen de fantasía

“No todo debería incluir un crimen” sería la improbable leyenda acumulando desaires en el escritorio del autor.

En masiva confabulación silenciosa, la cultura global parece empecinarse en impulsar sus relatos sobre la base del asesinato como figura básica, como motor y punto de partida (o de llegada) de toda recreación.

El desfile de perturbados, cadáveres y forenses recorre casi toda latitud ficcional de la mano de la avidez del espectador común y del reconocimiento de la “crítica especializada”.

A su vez, y de manera bastante sorprendente, las reacciones de diversos actores sociales respecto de las consecuencias negativas de este fenómeno son prácticamente inexistentes, del mismo modo que en los ámbitos creativos ni siquiera asoma aunque sea alguna vaga autocrítica por la falta de originalidad artística.

Más allá de lo que podría considerarse una carrera de efectos por lograr la atención de un público saturado sensorial y temáticamente, la escalada frenética del crimen ficcional explícito sugiere una trama de complicidades que probablemente conduce lejos de la escena primaria.

Una línea de investigación hipotética podría encaminarse hacia un juego de paranoia y venganza corporativa. La industria artística para el entretenimiento tiene motivos para ir del sobresalto a la pesadilla: nuevas tecnologías, consumidores impávidos y evasivos, la amenaza del amateurismo; pura inspiración para metaforizar la crisis con un estilo directo. Acaso el padecimiento de los personajes pueda también responder por tantos contratiempos: ¿qué víctima de ficción no habrá dejado de comprar música o se habrá cansado de ir al cine ante tanta secuela?

Una segunda línea quizás se aventure en una estrategia cultural de dilución de responsabilidades. La omnipresencia del asesinato, en su faceta más tecnificada e impactante condena a un plano secundario las reflexiones acerca de las causas y efectos cotidianos de un carácter menos extremo pero mucho más representativo de la realidad humana general. Así, conspira contra el desarrollo de una sensibilidad orientada hacia el delicado y paradójico territorio de la conciencia y la ética.

En ambos casos, la búsqueda se ramifica e incluye sospechosos controversiales: el principal espectador del crimen ficcional, el hombre común, que pagará con su triste consumo una mínima cuota de indulgencia mutua: ¿estamos todos en el mismo barco? “Al menos estoy vivo”, es el flaco consuelo.

De esta manera, el suministro de visiones tortuosas inspira objetivos individuales constituidos principalmente en el alivio de negatividades, una cota pesimista que pretende amedrentar a quien quiera construir más allá de la reparación.

¿Cuál será el próximo golpe en este raid mortal? El futuro dirá cuán sustentable es esta historia.
Mientras, en las ciudades reales, la fantasía busca, más allá de los efectos, conservar a salvo la capacidad de asombro, hacerla vivir, conectarse y moverse. Justo antes de que llegue el asesino.

Carlos Lavagnino
Carlos Lavagnino
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