Es la cultura, estúpido

Por Gustavo Faskowicz

La crisis de los mercados que tuvo origen en los Estados Unidos y que hoy domina la escena internacional sirve como descriptor de la deshonestidad intelectual dominante en nuestra cultura. El análisis de sus causas invita a debatir acerca de valores y patrones de comportamiento que no sólo se vinculan con esta debacle sino que también revelan mucha información sobre la manera en que está organizada la vida moderna.

Cualquiera sea el activo, si su precio aumenta progresivamente por encima de su valor real, da lugar al surgimiento de un espiral especulativo. Lo explica de manera didáctica cualquier economista al que le pongan un micrófono: la burbuja inmobiliaria se pinchó producto de esta distorsión, que a su vez se generó a partir de las escasas condiciones existentes para obtener un préstamo hipotecario.

Pero poco se escucha respecto del contexto en que se dio este proceso. Como siempre, la especialización interpretativa tiende a impedir una mirada integral del problema que permita hurgar en orígenes que no sean, en este caso, los estrictamente financieros. Los bancos se dedicaron a otorgar fácilmente créditos no sólo porque tenían dinero de sobra para prestar, sino también porque había muchos candidatos a tener casa propia dispuestos a endeudarse. Y en un mundo en el que poseer una vivienda parece ser la cláusula de pertenencia, la demanda está garantizada.

En otro rincón del planeta, en agosto del 2006, el Banco Hipotecario de la Argentina lanzaba la campaña televisiva “Dueños” ( http://www.youtube.com/watch?v=CJKgdIRXGuQ). Con la brutalidad típica del mundo publicitario nos decían que ser propietario “es libertad, es no rendirle cuentas a nadie”; “es mirar al mundo desde lo alto y en bata”. Como si se anticipara cínicamente al despropósito que dos años más tarde sorprendería al mundo, el locutor cerraba la “Convención de Dueños” diciendo: “Sepa que en el mundo de los dueños, hay lugar para todos”.

Esta reivindicación apoteótica de la condición de propietario es tan perversa como global. La misma pulsión es compartida en toda la geografía por legiones de individuos dispuestos a todo a cambio de una escritura. No hacía falta un “crash” como el que vivimos hoy para darse cuenta de la inviabilidad de estas concepciones. Tampoco deberíamos esperar otros estallidos para advertir que algo anda mal en la planificación personal de la gente (ya no sólo en la economía mundial). Cabe a esta altura preguntarse de qué está hecha la burbuja inmobiliaria. Mientras todas las explicaciones parecen coincidir en el origen financiero, vale la pena revelar el aspecto cultural. Si no primara esta exhortación conservadora que condena a aquel que no tiene un techo propio, difícilmente existirían las circunstancias para que se dé el dislate actual. Los parámetros convencionales insinúan que alquilar un inmueble es un pecado. Independientemente del escenario macro y micro económico, siempre hay que comprar.

Advertir estos condicionamientos inherentes al orden estratégico individual, permite visualizar más allá de un problema que pretenden explicarnos como un fenómeno localizado, casi cerrado matemáticamente. Es que algo mucho más importante que la economía está en crisis.

Quizás, los registros bursátiles no sean los únicos indicadores a observar para evaluar el estado de nuestra cultura. ¿Serán acaso los inmuebles los únicos activos de esta realidad que están sobrevaluados? Veamos qué está sucediendo con aquellos patrones de organización socio-afectiva y productiva del ser humano, indaguemos en qué estado están los proyectos de vida de la gente. En este sentido, de la mano de la insatisfacción, de la violencia, de sociedades narcotizadas, todo sugiere que los formatos tradicionales están fracasando como modelos a seguir; cada vez se parecen más a una burbuja. Aún conservan una demanda importante. ¿Pero acaso su valor real justifica esa demanda? ¿Que dirán, entonces, los intérpretes de turno cuando este apalancamiento cultural colapse? ¿A qué analista de riesgo le cargarán las culpas?

 

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