Más vida, menos Facebook

La intuición en general indica que es preferible disponer de un mayor número de posibilidades, o variantes, a la hora de enfrentar una circunstancia determinada. Cuantas más ramas tenga nuestro abanico de opciones, probablemente nos encontremos en una posición más deseable.

Es evidente que para que esta percepción sea válida, es necesario plantear la existencia de una instancia o mecanismo de análisis y decisión que pueda lidiar con la complejidad de cada escenario: a mayor proliferación de caminos viables, más fino y ágil debería ser el juego de valoración que permita no naufragar ante ese creciente mar de alternativas.

Lamentablemente, esto no parece ocurrir en el ámbito de nuestra cultura con respecto a la gestión de las nuevas herramientas tecnológicas. El advenimiento de estos canales de conectividad y comunicación termina predisponiendo a una especie de perplejidad obsecuente que dificulta una postura de mayor equilibrio y exigencia ante la explosión de medios y contenidos.

Facebook es un claro exponente de este fenómeno. Aportante inicial de una dinámica positiva de búsqueda y comunicación, su intrínseca promoción de la demagogia y el despliegue mismo de su masividad lo han convertido en un activo impulsor de la creación de ruido contaminante online.

Según la insufrible retórica 2.0, la dignidad, o lo que es lo mismo, la pertenencia a esta nueva esfera de participación, se define a partir de la sacralización de prácticas neutras como compartir, publicar, escribir, opinar. Y son neutras porque, pasado el encandilamiento original -que va durando ya demasiado-, habría que plantearse la positividad inherente o la necesidad de transformar en comunicación hasta el más elemental fragmento de nuestras manifestaciones. Así, el ámbito en cuestión se puebla de las acotaciones más triviales, que por defecto van copando reticularmente las páginas de inicio de cualquier usuario con una cantidad mínima de contactos. Ser fan de la pizza, o de una película, se convierte en un eslabón descriptivo de una gimnasia saturante que bastardea la idea misma de la identidad y la convergencia: facetas tan leves y generales que no parecen servir para otra cosa que para reforzar la lógica autoritaria del “Mirá cuántos que somos”.

A esto se le agrega la confluencia letal con, por un lado, aplicaciones complementarias como Twitter -definitivamente diseñada para fundamentalistas de la multiplicación de irrelevancias-, y por otro el creciente acoso publicitario, ambos integrados por un diseño involutivo que hasta ha logrado irritar a la mansa e hiper-tolerante comunidad de usuarios.

Las corporaciones adyacentes al fenómeno siquiera amagan con cubrir de una ligera capa crítica su aproximación. A la sombra de la academia florecen nerds que, con su condición de extraviados crónicos de la interpretación tecnológica a cuestas, eligen el camino más fácil y acorde a su docilidad: festejar al gran repartidor de baratijas, porque al menos son muchas y alcanzan para todos.

Los medios, como ejemplo podemos observar al amarillista hasta el empacho Grupo Clarín, cuentan con muchas facilidades para subirse a una tendencia de vuelo bajo que pega muy bien con productos cada vez más berretas y funcionales a un aturdimiento de sótano. La consagración del engendro Cumbio como nave insignia del relanzamiento del inclasificable compendio de contenidos basura llamado Ciudad.com, marca a las claras su estrategia para moverse en un futuro ya arribado de super-mediación: bajar lo suficiente la calidad como para encontrar un nicho con una dosis de alienación tal que su consumo no se vea afectado por esta precariedad resultante; a esa tolerancia, la disfraza de diversidad y la exporta como un estigma a nichos próximos, probablemente menos enérgicos para defender un territorio que favorece más la hegemonía que una verdadera alternancia.

Uno de los efectos negativos de este proceso es que hace aparecer a la desconexión como una opción razonable, lo cual puede apreciarse en la evolución misma de las distintas herramientas de última generación: el correo electrónico, cada vez menos viable debido al spam; la navegación Web, un creciente suplicio gracias a pop-ups, publicidad, problemas de seguridad y crisis de contenidos. El mismo Facebook, probablemente, ya haya empezado una paulatina renovación de usuarios, con un incipiente éxodo de aquellos que ven incrementarse el “costo mental” de su experiencia de uso, versión tras versión, y al agrandarse sus redes de prolíficos “amigos”.

Sin embargo, este abandono no hace otra cosa que someterse pendularmente a las reglas de este infortunado acople entre las herramientas tecnológicas y una cultura que en un momento clave, ideal para rediscutir y formular ideas y modelos innovadores, prefiere fomentar un soliloquio que plantea un posicionamiento claramente conservador: la definición de identidades a partir de rasgos básicos para no incursionar en un diálogo más honesto y comprometido que pueda abrir paso a una nueva manera de pensar y, sobre todo, de pensarse a uno mismo.

Mantener una conexión sustentable quizás dependa, de ahora en adelante, de una incorporación de actitudes y tecnologías de inteligencia y filtrado que permitan balancear y modular ese enlace en una dimensión verdaderamente crítica. Más trabajosa, puede ser, pero con mucho más para dar.

La independencia, por su propio carácter, nunca será un commodity.

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Carlos Lavagnino
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