La ciudad y la amistad

Por Laura Marajofsky

Bajo el velo de lo cotidiano muchas de las cosas del día a día se tornan naturales, casi indiscutibles. Nos levantamos a la mañana sabiendo que recorreremos las calles de la ciudad, cruzándonos con gente que no conocemos pero que habita el mismo sitio. Nos haremos mala sangre si el colectivo se atrasa o si el subte está parado. Lamentaremos el exceso de ruido, la falta de aire puro o el ritmo agobiante según corresponda. Tal vez, hasta nos preguntaremos acerca de la vida en otros lugares y fantasearemos con la posibilidad de conocerlos.

Si bien para muchos vivir en un paisaje urbano ya es casi un axioma, algo que no requiere mayores cavilaciones, se hace necesario reconocer la creciente complejidad y los grandes desafíos que la elección implica, en especial cuando la ciudad parece poner a prueba nuestra salud física y mental constantemente. Existen muchas variables que una vez incorporadas resultan difíciles de desarticular y reconfigurar, desde asuntos asociados a la geografía, pasando por laalimentación y el cuidado del medio ambiente, hasta el esparcimiento y el transporte, por nombrar algunas. Quizá por este motivo es tan importante recrear una predisposición con la cual evaluar ciertas temáticas cruciales. Por ejemplo, algo que se quiere incorporar a la medicina tradicional tiene que ver con realizar un análisis de las características del entorno (niveles de contaminación, etc.), para poder ofrecer al individuo toda la información posible a la hora de tomar decisiones que impactarán en su salud a posteriori.

Pero estos tiempos no traen consigo sólo una transformación de los contextos urbanos, sino también, afortunadamente, de los humanos. Por lo tanto, al continuo avance de las ciudades hay que sumarle el surgimiento de nuevas formas de organización socio-afectiva que poco a poco hacen tambalear esquemas más convencionales, planteando interesantes interrogantes acerca de cómo pensar los vínculos en el presente.

Sin ir más lejos, el último censo realizado en los en EEUU revela un dato curioso: la típica estructura familiar (una pareja casada con hijos) representa tan sólo un 22% del total de hogares; por delante de ellos se encuentran ubicadas las parejas sin hijos y los singles, evidenciando una tímida pero marcada transición. Paralelamente, según datos recogidos en Argentina, las “familias nucleares” representan menos del 40%, y el 15% del total son hogares unipersonales.

Así como nuevos aires pueden dar un respiro y algo de perspectiva al observador, estos recientes desplazamientos culturales podrían ser el puntapié inicial para empezar a pensar diseños más inteligentes y sustentables para la vida en la urbe, donde la sociabilidad juega sin duda un rol decisivo.

En la actualidad se aprecian configuraciones muy concretas. A un lado del espectro tenemos a las disposiciones “mainstream”, como la familia y sus derivados. En el extremo opuesto encontramos a los singles, quienes han ido ganando presencia en la última década (aunque no sin presentar grandes contradicciones). Entre estos dos puntos podemos ubicar un pequeño conjunto de variantes no del todo afianzadas, como los grupos de personas que conviven, ya sea de manera más constituida bajo el formato de comunidades o directamente con acuerdos informales de otro tipo.

Comienzan a aparecer entonces algunas alternativas incipientes que exploran nuevos arquetipos de vivienda y colaboración en las grandes ciudades.

Las “intentional communities” o “urban collectives” operan bajo la prerrogativa de reunir gente con intereses y objetivos similares, que vivan bajo el mismo techo y que se organicen para lidiar con las distintas cuestiones diarias. Aunque en muchos casos los inquilinos no se conocen entre sí, se apunta a reformular el concepto de familia recreando costumbres propias.

Simultáneamente estas iniciativas encaran una temática de suma importancia estratégica para moverse con cierta autonomía en la ciudad: la generación de sistemas de autoabastecimiento en grupos reducidos. La aplicación de prácticas de “permacultura”, una filosofía basada en la construcción de hábitats humanos autosuficientes y ecológicos, viene como anillo al dedo si se observan algunas de las problemáticas que se enfrentan en este momento, tanto relacionadas con la calidad de los alimentos disponibles como con la administración de los recursos naturales.

Estos arreglos podrían echar luz sobre el devaluado rol de la amistad en lo que refiere al armado social y proyectual del individuo en esta época. Sin embargo, aunque esta propuesta permite vislumbrar, al menos parcialmente, otros posibles escenarios afectivos que compitan con los ya existentes, no pareciera haber una elaboración muy consistente del tema. Reconocer a los amigos como piezas clave en el tendido de redes que provean un sostén a largo plazo, es una ardua tarea en una cultura donde este vínculo siempre apareció como algo secundario.

Por otro lado, da la sensación de que al intentar resolver algunos puntos como la situación habitacional (uno de los ejes centrales de las “urban collectives”), se descuidan factores tan o más relevantes emparentados con la construcción de lazos sustentables y su articulación con otras facetas vitales. Quizás habría que anteponer una seria reformulación de la idea de amistad en sí misma y de su potencial.

De esta manera, un modelo independiente que aspire a trabajar las numerosas variables que conciernen la vida en la ciudad, debería tener un enfoque holístico precisamente para alejarse de soluciones fragmentarias, abarcando necesidades tan diversas como la alimentación, el trabajo y el ocio. Basta con observar, por ejemplo, el problema que es para muchos llevar una dieta sana, o incluso participar de instancias de esparcimiento en donde no se promueva la narcotización y el daño al propio cuerpo. También se deberían contemplar otros fenómenos transversales presentes en la cultura, como el desgaste sistemático producido por la rutina laboral, los avances respecto de la longevidad humana y la aplicación de las nuevas tecnologías.

A lo largo de la historia las metrópolis se han posicionado como focos de expansión y de movimiento, de oportunidades y de proyección a futuro. Tal vez un primer paso hacia un aprovechamiento de la experiencia urbana, sea desactivar la aparente prevalencia de todas aquellas condiciones que se entienden como aceptables, combinando la capacidad de incidencia del individuo con una lógica y un espíritu grupal que nos recuerde que, después de todo, no estamos solos en la gran ciudad.

 

Riorevuelto
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