Condición de intrascendencia

Por Gustavo Faskowicz

25 de marzo de 2010, planta principal del Museo de Arte Moderno de Nueva York, Marina Abramovic protagoniza su performance “The Artist is Present”, que consiste básicamente en permanecer sentada en una silla mirando de frente a otro “performer”, también sentado, separados por una mesa; ambos se miran, frente a frente, sin hablar, sin gesticular, sin hacer nada, por más de 700 horas (durante el horario de apertura del museo).

Este absurdo es presentado como una epopeya artística. A su alrededor, la atmósfera destila aprobación. Se ven ojos bien abiertos, profundas exhalaciones insinuando respeto, aquiescencia. El silencio solidario, cómplice, sólo es interrumpido por clicks fotográficos. Así se desarrolla la escena, en vivo, para que el realismo sea total. Si está ahí, por más insípida que sea, motivos deben sobrar: no importa que no se entienda el por qué. La magia ya ha invadido las pupilas, el hechizo se ha consumado: al arte no se le pide nada, simplemente se lo reconoce.

No se trata de un suceso marginal, es la exhibición más importante del MOMA de los meses de marzo, abril y mayo de este año. ¿Cuál será la explicación para que una verdadera bazofia sea la obra de vanguardia más reconocida y publicitada de uno de los museos más importantes del mundo? ¿Acaso alcanzará con echarle la culpa a los curadores por su elección?

Quizás haya algo más interesante a desentrañar. Abramovic se supone famosa por la provocación, por la búsqueda de situaciones límite. Por eso se la valora. Su historia está llena de relatos brutales y pretenciosos a la vez que no aportan nada o sólo ponen de relieve lo más bajo de la condición humana (“En el teatro si te cortas con un cuchillo y sangras, el cuchillo no es real, la sangre tampoco; en las performances el cuchillo, la sangre y el cuerpo del performer son reales”,declara con convicción). Eso sí, en una buena muestra de lo arrastrado y dependiente que puede ser un artista, todo es auspiciado por Louis Vuitton, no sea cosa que se quede sin presupuesto.

Si no estuvieran en el centro de la escena, no merecerían mucha atención. Pero estas expresiones extremas habitan en la marquesina más importante de la oferta artística. Y es muy significativo que no haya críticas, que por el contrario se las consuma con avidez. Este tipo de producciones tiene un efecto cautivante y anestesiante a la vez. Por un lado, concitan una atención desproporcionada para el mensaje que subyace. Por el otro, certifican que no hay quiebre posible, que en un mundo en el que las decisiones más importantes de la gente se toman en medio de un gran sopor colectivo, el arte no va a despertar a nadie.

Vivimos en un ecosistema cultural en el que se dan procesos muy complejos de empatía y asimilación. Así, el aplauso fiel que reciben engendros catalogados por “especialistas”, tiene un vínculo muy estrecho con la inercia y la falta de crítica en general, mucho más allá del arte.

Tal vez, la gran paradoja de estos fenómenos es que mientras la expectativa al visitar un museo tiene que ver con encontrar inspiración para comprender y vivir mejor la vida, el silencio y la inexpresividad terminan siendo los ejes del mensaje. Esto es todo lo que tienen para decir, sin embargo están ahí y sus relatos son insumos que construyen cultura.

Pero no hay que perder de vista que el vacío que los artistas ostentan, contrasta con lo estimulante que puede ser el presente. El momento en que vivimos merece relatos más vitales, más acordes con un mundo que evoluciona, que invita a pensar y a actuar. Por eso el desafío, ante la intrascendencia del arte, menos aplauso y más crítica.

 

Riorevuelto
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